018-Rúmpeles-Tíjeles

Había una vez un molinero
que era muy pobre, pero tenía una buena hija. Un día sucedió que tuvo que
ir a hablar con el rey, y para presentarse como persona importante le dijo:
-"Tengo una hija que
cuando hila el lino, lo convierte en oro."-
El rey dijo al molinero:
-"Ese es un arte que
me complace mucho. Si tu hija es tan ingeniosa como dices, tráela mañana a mi
palacio, y entonces veré eso que hace."-
Y cuando llegaron al
palacio, el rey llevó a la muchacha a un cuarto que estaba lleno de lino, le
dio una rueda de hilar y un carrete, y le dijo:
-"Ahora ponte a
trabajar, y si para mañana temprano no has hilado y convertido este lino en
oro, te castigaré."-
Enseguida él cerró con
llave el cuarto y la dejó sola. Allí, ella se sentó, y no sabía qué hacer.
No tenía idea de como hilar y transformar el lino en oro. Y se acongojó tanto,
y se sintió tan miserable que se puso a llorar.
Pero de pronto la puerta
se abrió, y entró un pequeño hombrecillo, que dijo:
-"Buenos días, señorita
molinera, ¿por qué lloras así?"-
-"¡Ay!"-
contestó la muchacha, -"tengo que hilar lino y convertirlo en oro, y yo no
sé cómo hacer eso."-
-"¿Qué me darías
si yo lo hago por ti?"- preguntó el enano.
-"Mi lazo de
gargantilla."- dijo la joven.
El hombrecito tomo el
lazo, se sentó al frente de la rueda, y "roar.." "roar.."
"roar...", tres vueltas y el carrete se llenó. Entonces puso otro, y
"roar.." "roar.." "roar...", tres vueltas y el
segundo carrete se llenó. Y así siguió hasta la mañana siguiente, cuando
todo el lino quedó hilado y los carretes llenos de oro. Apenas empezada la mañana
llegó el rey, y al ver el oro quedó embelesado y asombrado, pero únicamente
su corazón se volvió más avaro. Y llevó a la hija del molinero a otra
habitación aún más grande, y le ordenó hilar todo aquello en una noche si
quería evitar el castigo. La muchacha no sabía como se salvaría, y empezó a
llorar, cuando la puerta se abrió de nuevo y el hombrecito apareció y le dijo:
-"¿Qué me darías
si yo te hilo y convierto en oro todo ese lino?"-
-"El anillo de mi
dedo"- respondió ella.
El enano tomó el anillo y
empezó a girar la rueda, y al amanecer ya tenía todo el lino hilado y
convertido en brillante oro.
El rey se regocijó sin
medida por lo que veía, pero sintió que aún no tenía suficiente oro, y llevó
a la doncella a una aún más grande habitación llena también de lino, y le
dijo:
-"Tienes que trabajar
esto también en el transcurso de la noche, y si tienes éxito, te haré
mi esposa."-
-"No me importa que
sea hija de un molinero"- pensó él, -"no podría encontrar una
esposa con mayor riqueza en el mundo entero."-
Cuando la joven quedó
sola, el enano entró de nuevo por tercera vez, y dijo:
-"¿Qué me darás si
te realizo el trabajo esta vez también?"-
-"Ya no me queda nada
que pudiera darte."- contestó la muchacha.
-"Entonces prométeme
que si llegas a ser la reina, me darás a tu primer hijo."- dijo él.
-"¡Quién sabe para
que eso pueda suceder!"- pensó ella.
No teniendo otra opción
para salir de este problema, le prometió al duende lo que pidió, y entonces
una vez más él hiló y convirtió el lino en oro.
Y cuando el rey llegó en
la mañana, y encontró todo finalizado tal como lo pidió, la tomó en
matrimonio, y la buena hija del molinero llegó a ser la reina.
Un año después, ella
tuvo un hermoso niño, y jamás volvió a recordar duende. Pero súbitamente éste
entro al dormitorio y dijo:
-"Ahora dame lo
prometido."
La reina se horrorizó, y
le ofreció al enano todas las riquezas del reino si la dejaba con el niño.
Pero el duende dijo:
-"No, algo que es
viviente es más apreciado por mí que todos los tesoros del mundo."-
Entonces la reina empezó
a llorar y gritar tan amargamente que el duende se compadeció.
-"Bien, te daré tres
días de tiempo"- dijo él, -"si para ese tiempo averiguas mi nombre,
podrás quedarte con el niño."-
Así, la reina pasó toda
la noche pensando en todos los nombres que ella hubiera oído antes, y envió un
mensajero por todo el reino para preguntar, a lo ancho y largo, por todos los
nombres que hubiera.
Cuando al día siguiente
llegó el duende, ella empezó a mencionar "Melchor",
"Gaspar", "Baltazar" y todos los demás que ella había
aprendido, uno tras otro. Pero a cada ocasión el hombrecito respondía:
-"Ése no es mi
nombre."-
En el segundo día ella
había preguntado en la vecindad por los nombres de las personas de allí, y
ella le repetía al duende los más curiosos y desconocidos nombres.
-"Quizás tu nombre
sea "Mecacorto", o "Ríoazul", o
"Estrellablanca"."-
Pero él siempre respondía:
-"Ése no es mi
nombre."-
Al tercer día regresó el
mensajero que había enviado y éste dijo:
-"No me ha sido
posible encontrar un nuevo nombre, pero cuando subí a una alta montaña al
final del bosque, donde la zorra y la liebre se dicen entre sí "buenas
noches", ví una pequeña casa, y al frente de la casa había un fuego
encendido, y dando vueltas alrededor del fuego un ridículo hombrecito que
brincando en un pie, cantaba:
-"Hoy horneo, mañana
fermento,
y al siguiente el niño de la reina mío será.
¡Já! Gustoso estoy que nunca sabrá
que Rúmpeles-Tíjeles será su tormento."
¡Ya te puedes imaginar lo
contenta que se puso la reina cuando escuchó el nombre! Y cuando poco después
el hombrecito entró, y preguntó:
-"¿Ahora señora
reina, cuál es mi nombre?"-
De primero ella preguntó:
-"¿Será tu nombre
Conrad?"-
-"No."-
-"¿Es Pedro?"-
-"No."-
-"¡Entonces podría
ser Rúmpeles-Tíjeles!"- gritó con entusiasmo.
-"¡Fue el diablo
quien te lo dijo!¡Fue el diablo quien te lo dijo!"- gritaba el duende.
Y en su enojo zapateó tan
duro en la tierra que la pierna derecha entera se le hundió, y entonces de
rabia se apoyó tan fuerte en la pierna izquierda que él mismo se partió en
dos, desapareciendo al instante para siempre.
Enseñanza:
No se debe prometer lo que
no se querrá cumplir.

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