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026-Yorinda y Yoringel
 
Hubo una vez un viejo
castillo en medio de un grande y denso bosque, y en él sólo vivía un viejo
hombre que era un brujo. Durante el día él se convertía en un gato o en un búho
gritón, pero al anochecer tomaba de nuevo su forma humana. Él atraía hacia sí
bestias y pájaros, para luego matarlos y hervirlos o asarlos. Si alguien se
acercaba a cien pasos del castillo, se quedaba paralizado donde estaba, y no podía
moverse hasta que él le permitiera moverse. Pero en cualquier momento que una
inocente doncella pasaba dicho círculo, la transformaba en un pájaro, y la metía
en una jaula y la llevaba a un salón del castillo. Ahí tenía cerca de siete
mil jaulas de exóticos pájaros.
Ahora bien, había una vez
una doncella llamada Yorinda, que era más hermosa que las demás muchachas.
Ella tenía un joven pretendiente llamado Yoringel, con quien se había
comprometido en matrimonio. Ellos estaban en los días previos a los esponsales,
y su mayor ilusión era estar juntos. Un día, con el fin de poder conversar en
quietud, salieron a caminar por el bosque.
-"Ten cuidado"-
dijo Yoringel, -"recuerda que no debes de llegar muy cerca del
castillo."-
Era un bello atardecer, el
sol brillaba entre los árboles, contrastando con la espesura del bosque, y las
palomas daban sus melancólicos cantos sobre las jóvenes ramas de los árboles
de abedul.
De pronto y sin saber por
qué, Yorinda empezó a llorar y se sentó a la luz del atardecer muy triste. Y
Yoringel también se puso triste, y se sentían tan mal como si estuvieran a
punto de morir, o presintiendo algo extraño. Entonces miraron alrededor y se
dieron cuenta de que se habían perdido, pues no sabían por cual camino
emprender el regreso a casa. El sol estaba aún terminando de ponerse.
Yoringel miró entre los
arbustos, y vio las viejas paredes del castillo al alcance de sus manos. Se
horrorizó y se llenó de un temor de muerte. Yorinda estaba cantando:
-"Mi pequeño
pajarito, con lacito rojo,
canta triste, triste, triste,
canta que pronto la gaviota morirá,
canta triste, tris..., cuu, cuu, cuu...
Yoringel miró a Yorinda.
Ya se había convertido en ruiseñor, y cantaba:
-"cuu, cuu,
cuu..."-
Un bullicioso búho con
ojos saltones voló tres veces sobre ella, y tres veces gritó:
-"Bu-uh, bu-uh, bu-uh"-
Yoringel no se podía
mover, estaba tieso como una piedra, y no podía ni llorar ni hablar, ni mover
manos o pies.
El sol ya se había
puesto. El búho voló entre los arbustos, e inmediatamente se posó en el suelo
y tomó la forma humana de un viejo hombre pálido y jorobado, con grandes ojos
rojos y nariz tan puntiaguda que le llegaba hasta la barbilla. Él murmuró algo
para sí mismo, cogió al ruiseñor y se lo llevó en sus manos.
Yoringel no pudo decir
nada, ni moverse de su sitio. El ruiseñor ya no estaba. Al rato el hombre volvió
y dijo con una voz profunda:
-"Te saludo Zachiel.
Si la luna brilla en la jaula, Zachiel, suéltalo de una vez."-
Entonces Yoringel quedó
libre. Él se arrodilló ante el hombre y le rogó que le devolviera a Yorinda,
pero le contestó que nunca la volvería a tener de nuevo, y se retiró. El gritó,
lloró, se lamentó, pero todo en vano.
-"¿Ay, qué irá a
ser de mí?"- se dijo.
Yoringel se fue de allí,
hasta que llegó a una desconocida villa, donde se quedó cuidando ovejas por
largo tiempo. A menudo rondaba alrededor del castillo, pero sin acercarse
demasiado. Una noche por fin soñó que se encontraba una flor roja que tenía
al centro un bella y grande perla, y que él tomaba la flor e iba al castillo, y
que todo lo que tocaba con la flor quedaba libre de hechizos, y además soñó
que por ese medio recobraba a Yorinda.
En la mañana, cuando
despertó, él comenzó a buscar por valles y colinas a ver si podía encontrar
a esa flor. Y buscó hasta el noveno día, y entonces, temprano por la mañana,
encontró la flor roja. En el centro tenía una gran gota de rocío, tan grande
como la más fina perla.
Por días y noches él se
encaminó hacia el castillo. Y cuando estuvo a cien pasos, esta vez no quedó
paralizado, y caminó hasta la puerta. Yoringel se sintió lleno de dicha. Tocó
la puerta con la flor, y se le abrió. Entró y avanzó por los salones,
buscando el sonido de los pájaros. Por fin los escuchó. Y se dirigió en esa
dirección hasta llegar al lugar apropiado. Allí estaba el brujo alimentando a
los pájaros en las siete mil jaulas.
Cuando vio a Yoringel se
enojó, se enojó muchísimo, y lo maldecía y le lanzaba veneno y hiel, pero no
se le pudo acercar siquiera a dos pasos de él. Yoringel no le prestó mayor
atención, sino que se fue a mirar a las jaulas con los pájaros, pero había
cientos de ruiseñores. ¿Y cómo haría entonces para encontrar a Yorinda?
Estaba justo en eso
cuando vio al brujo retirarse silenciosamente con una jaula con un ruiseñor en
ella, y que se dirigía hacia la puerta.
Rápidamente se fue tras
él hasta alcanzarlo, tocó la jaula con su flor y también al viejo hombre. Éste
ya no pudo embrujar a nadie más, y Yorinda tomó inmediatamente su forma
original, lanzándose a los brazos de Yoringel llena de felicidad.
No está de más decir,
que la feliz boda se llevó a cabo, con siete mil damas de honor. Y el viejo
brujo tuvo que resignarse a seguir viviendo de bayas y raíces en el bosque por
el resto de sus días.
Enseñanza:
La perseverancia lleva al éxito.

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