048-El Agua de la Vida
Había una vez un rey que
tuvo una enfermedad, y nadie creía que podría sobrevivir contra ella. Él tenía
tres hijos quienes se preocuparon mucho al saber de su enfermedad, y bajaron a
los jardines del palacio a lamentarse. Allí encontraron a un anciano que les
preguntó la causa de su angustia. Ellos le dijeron que su padre estaba tan
enfermo que pronto moriría, ya que no se sabía de nada que lo pudiera curar.
Entonces el anciano les dijo:
-"Yo sí sé de un
remedio, y es el agua de la vida. Sí el toma de ella, se curará, sólo que es
muy difícil de encontrar."-
El hijo mayor dijo:
-"Yo iré a
buscarla."-
Y fue donde el padre
enfermo a rogarle que le dejara ir en busca del agua de la vida, pues era lo único
que podría salvarle.
-"No"- dijo el
padre, -"el peligro es demasiado grande. Prefiero morir."-
Pero el hijo le rogó
tanto que al fin consintió. Él pensó en su corazón:
-"Si yo consigo traer
el agua, entonces seré el preferido de mi padre, y me heredará su
reino."-
Así que se puso en ruta,
y cuando ya había recorrido un cierto trecho, un duende que estaba parado a la
orilla del camino lo llamó y le dijo:
-"¿Hacia dónde vas
tan apresurado?"-
-"Tonto camarón"-
contestó despreciativamente el príncipe, -"no es nada que te
importe."-, y siguió su camino.
Pero el pequeño duende se
enojó, y le envió una maldición. Poco después de esto, el príncipe llegó a
un estrecho paso entre las montañas, y a medida que avanzaba, más se cerraban
las montañas, y al final, tanto se cerraron, que ya no pudo dar un paso más, y
el caballo no podía girar en retorno, ni él se podía bajar de su silla, y
quedó aprisionado entre las rocas.
El enfermo rey esperó
largo tiempo por él, pero no regresaba. Entonces el segundo hijo dijo:
-"Padre, déjame a mí
ir por el agua."-, y pensó para sí mismo:
-"Si mi hermano murió,
entonces el reino me tocará a mí."-
Al principio el rey no le
permitió ir, pero al final cedió, de modo que el segundo príncipe tomó la
misma ruta que su hermano, y también se encontró con el duende, quien le
preguntó que adónde iba con tanta prisa.
-"Tonto camarón"-
contestó despreciativamente también el príncipe, -"no es nada que te
importe."-, y siguió su camino sin volverlo siquiera a ver.
Pero el duende también se
molestó y lo maldijo, y como sucedió con su hermano, llegó a un estrecho
entre montañas y allí quedó atrapado. Así es el precio de la arrogancia.
Y como el segundo hijo
tampoco regresaba, el más joven rogó para que se le permitiera ir a buscar el
agua, y el rey se vio obligado a dejarlo ir.
Cuando él se encontró
con el duende, quien le preguntó hacia dónde se dirigía con tanta prisa, él
paró, le dio una explicación y le dijo:
-"Estoy buscando el
agua de la vida, pues mi padre está enfermo de muerte."-
-"¿Y ya sabes,
entonces, dónde encontrarla?"- preguntó el duende.
-"No"- dijo el
príncipe.
-"Como has sido
amable y cortés conmigo, y no grosero como tus hermanos, te daré la información
y te diré como podrás obtener el agua de la vida. Ella mana de un manantial en
los jardines de un castillo encantado, pero no podrás tomarla fácilmente, si
no te doy una varita de hierro y dos pequeños bollos de pan. Golpea tres veces
la varita en la puerta de hierro del castillo y ella se abrirá. Adentro
encontrarás dos hambrientos leones con sus garras listas, pero tírales un
bollo de pan a cada uno de ellos, y se calmarán. Entonces apresúrate a cargar
el agua de la vida antes de que el reloj dé las doce campanadas, porque las
puertas se cerrarán de nuevo y quedarías aprisionado."-
El príncipe le dio las
gracias, tomó la varita y los panes, y continuó su camino. Cuando llegó al
castillo, todo sucedió como lo dijo el duende. La puerta se abrió al tercer
toque de la varita, y cuando hubo tranquilizado a los leones con los panes, entró
al castillo, y llegó a una larga y espléndida sala, donde estaban sentadas
algunas princesas encantadas, a quienes les quitó sus anillos de los dedos. Allí
encontró una espada y un pan, que llevó consigo. Luego entró a una habitación
en la que estaba una bella doncella, que se alegró al verlo, lo besó, y le
dijo que él había sido enviado a ella, y que obtendría la totalidad de
su reino, y que si él retornaba en un año, celebrarían la boda. Además le
indicó dónde estaba la fuente del agua de la vida, y que debería apresurarse
y guardar la que necesitara antes de que sonaran las doce campanadas.
Entonces siguió adelante,
y al final entró a un cuarto donde había una recién hecha y bellísima cama,
y como estaba muy cansado, se sintió con deseos de descansar un rato. Así que
se arrecostó y se durmió. Cuando se despertó, ya sonaban en el reloj un
cuarto para las doce. Se levantó como un resorte, corrió a la fuente, llenó
con agua un recipiente que estaba cerca, y se fue rápidamente. Pero justo
cuando iba pasando por la puerta de hierro, el reloj dio las doce, y la puerta
se cerró con tal violencia que le arrancó un pedazo de su talón. Él, sin
embargo, muy feliz de haber recogido el agua de la vida, siguió su rumbo a
casa, y de nuevo se encontró al duende. Cuando éste vio la espada y el pan, le
dijo:
-"Con estos has
ganado gran valor: la espada te permitirá vencer a ejércitos completos, y el
pan nunca se acabará."-
Pero el príncipe no quería
volver a casa de su padre sin sus hermanos, y dijo:
-"Querido duende, ¿no
podrías decirme dónde están mis hermanos?, ellos salieron en busca del agua
de la vida, y nunca volvieron."-
-"Ellos están
aprisionados entre dos montañas."- dijo el duende, -"Yo los condené
a estar allí, porque fueron muy groseros."-

Entonces el príncipe le
rogó tanto que al fin los liberó, pero le advirtió, sin embargo, diciendo:
-"Ten cuidado con
ellos, pues no tienen buen corazón."-
Cuando sus hermanos
llegaron, él se regocijó, y les contó todo lo que había ocurrido con él, y
que había encontrado el agua de la vida, y traía una vasija consigo, y que había
rescatado a una bella princesa, quien esperaría un año por su retorno para
celebrar la boda y entregarle todo un gran reino.
Tras el encuentro
siguieron el viaje juntos, y llegaron a una tierra donde reinaban el hambre
y la guerra, y el rey ya pensaba que perecería, por la escasez tan grande que
había. Entonces el príncipe fue donde él y le dio el bollo de pan, con el
cual se alimentó y satisfizo a todos los pobladores del reino. Además el príncipe
le dio la espada con la cual pudo derrotar a sus enemigos y en adelante vivir en
paz. Cumplida esa misión, el príncipe tomó de nuevo su pan y su espada, y los
tres hermanos continuaron su viaje.
Luego pasaron por otros
dos reinos donde también abundaban el hambre y la guerra, y en cada caso el príncipe
les prestó su bollo de pan y su espada. Con eso ya había sacado adelante a
tres reinos, y continuaron su rumbo. Tomaron luego una nave y navegaron en el
mar. Durante el viaje, los dos mayores conversaron aparte entre sí, diciendo:
-"Nuestro hermano
menor consiguió el agua de la vida, y nosotros no, por lo que de seguro nuestro
padre le dará a él el reino, que debería pertenecernos a nosotros, y además
nos quitará toda nuestra fortuna."-
Entonces comenzaron a
pensar que había que vengarse, y entre ellos planearon cómo deshacerse de él.
Esperaron hasta encontrarlo bien dormido, entonces le vaciaron el recipiente con
el agua de la vida, y la tomaron para ellos mismos, y al recipiente lo llenaron
con agua salada del mar.
Y cuando por fin llegaron
a casa, el menor llevó su recipiente donde el enfermo rey para que bebiera el
agua y se curara. Pero escasamente había tomado un sorbo del agua salada,
cuando el rey se puso peor que antes. Mientras él se lamentaba por eso,
llegaron los dos hermanos mayores y acusaron al hermano menor de querer
envenenarlo, y le dijeron que ellos sí habían traído el agua de la vida, y se
la pasaron. No más la había probado cuando sintió que su mal se retiraba, y
se puso fuerte y saludable como en sus años de juventud.
Enseguida fueron donde el
hermano menor, se burlaron de él y le dijeron:
-"Cierto que tú
encontraste el agua de la vida, pero tú obtendrás la pérdida y nosotros la
ganancia. Debiste haber sido cauteloso y mantener los ojos abiertos. Nosotros la
tomamos mientras dormías en el mar, y cuando haya pasado el año, uno de
nosotros irá por la princesa. Pero ten cuidado de no decirle esto a nuestro
padre, pues él ya no confía en tí, y si le cuentas una sola palabra, de
seguro perderás la vida en el asunto, pero si guardas silencio, guárdalo como
un regalo."-
El viejo rey estaba
enojado con su hijo menor, y creyó que había planeado quitarle la vida. Así
que convocó a la corte, y sentenció sobre su hijo, que debería ser ejecutado
secretamente. Y cuando el príncipe iba camino a una cacería, sin sospechar
nada malo, el cazador del rey iba con él, y cuando se encontraron solos
dentro del bosque, el cazador estaba tan consternado, que el príncipe le
preguntó:
-"Mi apreciado
cazador, ¿qué es lo que te acongoja?"-
El cazador contestó:
-"No te lo puedo
decir, aunque debería."-
Y el príncipe replicó:
-"Dilo francamente,
yo te perdono cualquier cosa que sea."-
-"¡Caray!"-
dijo el cazador, -"El rey me ha ordenado que te dé muerte, aquí en el
bosque."-
Entonces el príncipe se
conmocionó y le dijo:
-"Querido cazador, déjame
vivir. Yo te daré toda mi indumentaria real, y a cambio tú me das la
tuya."-
El cazador dijo:
-"Claro que lo haré,
en verdad yo no hubiera sido capaz de matarte."-
Entonces intercambiaron
las indumentarias, y el cazador regresó al palacio. El príncipe, sin embargo,
se adentró en el bosque. Después de un tiempo, tres vagones cargados de oro y
piedras preciosas le llegaron al rey para ser entregados a su hijo menor, los
que venían de parte de los tres reinos que habían vencido a sus enemigos con
la espada que les prestó, y que también habían saciado el hambre de sus
habitantes con su bollo de pan, por lo que querían mostrar su gratitud hacia él.
Entonces el viejo rey pensó:
-"¿Podría mi hijo
menor ser inocente?"-, y dijo a su pueblo:
-"¡Si él estuviera
aún vivo!, cómo me dolería y sufriría si estuviera muerto."-
-"¡Él aún
vive!"- gritó el cazador, -"yo no tenía corazón suficiente para
ejecutar su orden."-
Y le contó al rey lo que
realmente sucedió. Entonces un gran peso se eliminó del corazón del rey, y
proclamó en todo lugar que su hijo debía retornar y que tendría de nuevo todo
a su favor.
La princesa, mientras
tanto, había construido a la entrada de su palacio, un camino de oro todo
brillante, y le comunicó a su pueblo que quien fuera que viniera directo a su
puerta por el centro del sendero, ese sería el verdadero novio y debería ser
admitido; y quien se acercara a la puerta, caminando a un lado del sendero, ese
no sería el verdadero, y debería ser devuelto.
A medida que la hora
del cumplimiento se acercaba, el mayor pensó que debía apurarse a ir donde la
princesa, presentarse como el novio, llevarla a la boda, y tomar el poder del
reino. Así que se dirigió allá, y cuando llegó al frente del palacio y vió
aquel espléndido sendero de oro, pensó que sería un gran pecado pasar encima
de él, por lo que decidió caminar a su orilla. Pero cuando llegó a la puerta,
los sirvientes le dijeron que él no era el hombre esperado, y que debía
regresar.
Pronto apareció también
el segundo príncipe, y al llegar al sendero dorado, pensó de igual manera y
avanzó a un lado del sendero. En igual forma, los sirvientes le dijeron que no
era el hombre esperado y que debía de irse.
Cuando por fin realmente
expiró el año, el tercer hijo también deseó salir del bosque y dirigirse a
su amada, y con ella olvidar sus tristezas. Se puso en camino, y como pensaba
mucho en ella, y tanto deseaba encontrarla pronto, no notó en absoluto el
sendero de oro, y encaminó su caballo por el centro de él hasta la puerta del
palacio. Entonces le abrieron las puertas y la princesa lo recibió con mucho júbilo,
y proclamó que él era su libertador y el señor del reino. Y la boda se celebró
con gran festividad. Cuando terminó, ella le contó que su padre le pedía perdón
y que volviera con él. Así que se dirigió allá, y le contó todo lo
realmente sucedido, cómo sus hermanos se burlaron de él, y cómo lo obligaron
a guardar silencio.
El viejo rey quiso
castigarlos, pero ya se habían hecho a la mar y nunca más se volvió a saber
de ellos.
Enseñanza:
El respeto al prójimo y
la honestidad son dos invencibles fortalezas.

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