063-Hans con Suerte

Hans había
servido a su patrón durante siete años, entonces fue donde él y le dijo,
-"Patrón, he
decidido terminar mis trabajos acá; ahora yo quiero tener la dicha de ir a casa
a mi madre; por favor deme mi parte correspondiente."-
El patrón contestó,
-"Usted me ha servido
fielmente y con honestidad; cuando el servicio es así, igual debe ser la
recompensa."- Y le dio a Hans una pieza de oro tan grande como su cabeza.
Hans sacó su pañuelo de
su bolsillo, envolvió la pieza, la puso sobre su hombro, y salió por el camino
hacia su casa.
Mientras iba de camino,
siempre poniendo un pie antes del otro, vio a un jinete trotar rápida y
alegremente en un caballo.
-"¡Ah!"- dijo
Hans en voz alta, -"¡Qué cosa más fina es montar a caballo! Allí uno se
sienta en una silla; no tropieza con piedras, protege sus zapatos, y uno
avanza, sin preocuparse de cómo lo hace."-
El jinete, que lo había oído,
se paró y lo llamó,
-"¡Hey! ¿Hans, por
qué va usted a pie, entonces?"-
-"Debo
hacerlo,"- contestó él, -"ya que tengo que llevar esta pieza a
casa; que en verdad es una pieza de oro, pero no puedo sostener mi cabeza
derecha por causa de ella, y eso hace daño a mi hombro."-
-"Le diré que
haremos,"- dijo el jinete, -"intercambiemos: yo le daré mi
caballo, y usted me da su pieza."
-"Con toda mi
dicha,"- dijo Hans, -"pero permítame decirle que usted tendrá
que avanzar lentamente con esa carga."-
El jinete se bajó, tomó
el oro, y ayudó a Hans a subir; entonces le dio la brida firmemente en sus
manos y le dijo,
-"Si usted quiere ir
en con paso realmente bueno, usted debe hacer chut chut con su lengua y
gritar: "¡Arre! ¡Arre!"
Hans estuvo felizmente
encantado cuando se sentó sobre el caballo y anduvo a caballo lejos, orgullosa
y libremente. Al ratito él pensó que debería ir más rápido, y comenzó a
hacer chut chut con su lengua y a gritar: "¡Arre! ¡Arre!"
El caballo se puso en un agudo trote, y antes de que Hans supiera donde se
encontraba, fue lanzado abajo, cayendo en una zanja de desagüe que separaba al
campo del camino. El caballo se habría marchado lejos también si no hubiera
sido parado por un campesino, que venía por camino conduciendo a una vaca
delante de él.
Hans acomodó su cuerpo y
se levantó en sus piernas otra vez, pero sintiéndose fastidiado, le dijo al
campesino,
"Qué mal chasco,
esta equitación, sobre todo cuando uno se adhiere a una yegua como ésta,
que da una patada y lo bota a uno, de modo que cualquiera podría romperse el
cuello así de fácil. Nunca voy a yo montarla otra vez. Ahora bien, me gusta su
vaca, porque uno puede andar silenciosamente detrás de ella, y tener, además,
algo de leche, mantequilla y queso cada día sin falta. Lo que daría yo para
tener a semejante vaca."-
-"Bien,"- dijo
el campesino, -"si eso le daría tanto placer, no me opongo a cambiar la
vaca por el caballo."-
Con gran placer, Hans
estuvo de acuerdo, el campesino brincó sobre el caballo, y galopando se alejó
rápidamente.
Hans condujo a su vaca
silenciosamente delante de él, y meditó su trato afortunado.
-"Si sólo tengo un
bocado de pan, - lo cual difícilmente me fallaría - puedo comer mantequilla y
queso tan a menudo como me gusta; y si tengo sed, puedo ordeñar a mi vaca y
beber la leche. ¿Corazón bueno, qué más puedo querer?"-
Al llegar a una posada él
hizo una parada, y en su gran alegría comió por completo lo que traía
con él - su almuerzo y cena - y cuanto cosa encontró que tenía, y con sus últimas
monedas adquirió media jarra de cerveza. Entonces él condujo a su vaca por
delante a lo largo del camino al pueblo de su madre.
Cuando el mediodía estaba
en su máximo punto y el calor era más opresivo, Hans se encontró sobre un páramo
que tomaría aproximadamente una hora para cruzarlo. Él lo sintió muy
caliente y su lengua se resecaba con la sed.
-"Puedo encontrar una
cura para esto,"- pensó Hans; "ordeñaré a la vaca ahora y me
refrescaré con la leche."-
Él la ató a un árbol
seco, y como no tenía ningún balde, puso su gorra de cuero debajo; pero por más
que lo intentó, ni una gota de leche salió. Y como él se puso a trabajar de
un modo torpe, la bestia se impacientó y por fin le dio tal golpe en su cabeza
con su pie trasero, que él cayó en la tierra, y durante mucho rato no pudo
pensar donde era que estaba.
Por fortuna en ese momento
venía un carnicero por el camino con una carretilla, en la cual traía atado a
un cerdo joven.
-"¿Qué está
pasando aquí?"- gritó él, y ayudó al bueno de Hans.
Hans le dijo lo que había
pasado. El carnicero le dio su matraz y le dijo,
-"Tome de la bebida y
refrésquese. La vaca no dará seguramente ninguna leche, es una vieja bestia;
en el mejor de los casos es sólo adecuada para el arado, o para el
carnicero."-
"-¿Bien, pues"-
dijo Hans, mientras se acariciaba su pelo en su cabeza, -"quién lo habría
pensado? Ciertamente es una cosa fina cuando uno puede matar a una bestia así
en casa; ¡qué carne obtiene uno! Pero no se me antoja mucho la carne de vaca,
no es bastante jugosa para mí. Un cerdo joven como ese es lo que me
gustaría tener, sabe completamente diferente; ¡y luego hay salchichas!"-
-"Oye Hans,"
dijo el carnicero, -"por el aprecio que le tengo, aceptaré el cambio, y le
dejaré tener al cerdo por la vaca."-
-"¡Que el cielo le
reembolse su bondad!"- dijo Hans cuando le dejaba a la vaca, mientras el
cerdo era desatado de la carretilla, y la cuerda por la cual estaba atado, fue
puesta en su mano.
Hans continuó su camino,
y pensaba como todo iba saliendo como él deseaba; cómo cada vez que se
encontraba realmente con algo inconveniente, era inmediatamente puesto a
derecho. En ese momento se encontró con un joven que llevaba un ganso blanco
fino bajo su brazo. Ellos se dijeron buenos días el uno al otro, y Hans comenzó
a contar de su buena suerte, y como él siempre hacía tales buenos tratos. El
muchacho le dijo que él llevaba al ganso a un banquete de bautizo.
-"Sólo levántelo,"-
añadió él, y lo sostuvo por las alas; -"vea como pesa, pues ha sido
engordado durante las ocho semanas pasadas. Quienquiera que pruebe un poco de él
cuando esté asado, tendrá que limpiar la grasa de ambos lados de su
boca."-
-"Sí,"- dijo
Hans, cuando él sintió su pesó en una mano, -"es un peso muy bueno, pero
mi cerdo no es nada malo."-
Mientras tanto el joven
miró con recelo de un lado al otro, y sacudió su cabeza.
-"Mire Ud.,"-
dijo con mucho detalle, -"puede que no todo esté bien con su cerdo. En el
pueblo por el cual pasé, el Alcalde mismo acababa de tener un robo en su
pocilga. Temo, temo que usted llegue a ser sospechoso del acto allí. Ellos han
enviado a algunas personas y sería un mal negocio si ellos lo agarraran con el
cerdo; por lo menos, usted sería encerrado en el agujero oscuro."-
El bueno de Hans se
aterrorizó. ¡"Oh, Dios!", dijo, -"ayúdeme Ud. a arreglar todo
esto; usted que sabe más sobre este lugar que yo, tome a mi cerdo y déjeme su
ganso."-
-"Arriesgaré algo en
este asunto,"- contestó el muchacho, -"pero no seré la causa de que
a Ud. lo metan en el problema."-
Entonces él tomó
la cuerda del cerdo en su mano, y corrió con el cerdo rápidamente a lo largo
del camino.
El buen Hans, ya
despreocupado, siguió adelante con el ganso bajo su brazo. -
"Cuando lo medito
correctamente,"- se dijo él mismo, -"me ha ido muy bien con este
cambio; primero habrá buena carne asada, luego la cantidad de grasa que
goteará de ella, y que me dará para mi pan durante un cuarto de año, y
finalmente las plumas blancas hermosas; que servirán para llenar mi almohada, y
por ello en efecto iré a dormir plácidamente. ¡Qué alegre se pondrá mi
madre!"-
Cuando Hans pasaba por el
último pueblo, allí estaba un afilador de tijeras con su carretilla; y
mientras éste hacía girar a su rueda de afilar, cantaba:
-"Afilo tijeras y rápido afilo con mi piedra,
Mi abrigo se levanta con el viento de atrás."
Hans se estuvo quieto y lo
miró; y cuando por fin le habló le dijo,
-"Todo se ve muy bien
con usted, al estar tan alegre con su trabajo."-
-"Sí,"- contestó
el afilador de tijeras, -"el comercio es una fuente de oro. Un verdadero
afilador es un hombre que en cuanto pone su mano en el bolsillo encuentra allí
el oro. ¿Pero dónde compró usted a ese ganso tan fino?"
-"Yo no lo compré,
lo cambié por mi cerdo."-
-"Y el cerdo?"-
-"Lo conseguí por
una vaca."-
-"¿Y la vaca?"-
-"La obtuve en lugar
de un caballo."-
-"¿Y el
caballo?"-
-"Por él di una
piedra de oro del tamaño de mi cabeza."-
-"¿Y el oro?"-
-"Bueno, esa fue mi
remuneración por siete años de trabajo."-
-"Usted ha sabido
cuidar de sus transacciones cada vez,"- dijo el afilador. -"Si usted sólo
pudiera avanzar a fin de oír el tintineo de dinero en su bolsillo cada vez que
usted se levante, habrá hecho una fortuna."
-"¿Y cómo podría
llegar a eso?"- dijo Hans.
-"Usted tiene que ser
un afilador, como lo soy yo;"- contestó el afilador -" y no es
necesario nada más que una piedra de afilar, el resto llega solo. Yo tengo una
aquí; cierto que está un poco gastada, pero no tendría que darme dinero por
ella, no más que su ganso; ¿lo haría usted?"
-"¿Cómo puede
dudarlo?"- contestó Hans. -"Seré el tipo más afortunado en la
tierra si tengo el dinero cada vez que yo ponga mi mano en el bolsillo, ¿qué
necesidad hay de que yo me preocupe por más tiempo?"- y él le dio el
ganso y recibió la piedra a cambio.
-"Ahora"-, dijo
el afilador, mientras tomaba una piedra pesada ordinaria que estba en el suelo
cerca de él, -"aquí tiene otra piedra fuerte, de gran oportunidad para
usted, con la que podrá afilar muy bien con ella, y hasta enderezar
clavos doblados. Llévesela y guárdela con cuidado."-
Hans cargó con las
piedras, y siguió con su corazón contento y sus ojos brillaban con alegría.
-"Debo haber nacido
con un gran amuleto,"- se decía a sí mismo; -"todo lo que quiero me
pasa justo como si yo fuera un niño consentido."-
Mientras tanto, como él
había estado caminando desde el amanecer, comenzó a sentirse cansado. El
hambre también lo atormentó, ya que en su alegría cuando hizo el trato por el
cual él consiguió a la vaca, se había comido por completo toda la reserva
del alimento que llevaba. Por último, ya sólo podía seguir con gran
dificultad, y se sentía obligado a pararse cada minuto; además, las piedras lo
sobrecargaban terriblemente. Entonces solamente podía pensar que
agradable sería si él no tuviera que llevarlas en ese momento.
Ya muy cansado, él se
arrastró como un caracol a un pozo de agua en un terreno, y allí él pensó
que descansaría y se refrescaría con el agua fresca, pero a fin de que él no
pudiera perjudicar a las piedras al sentarse, las puso con cuidado a su lado en
el borde del pozo. Entonces él se sentó, y cuando debía inclinarse para
beber, tubo un resbalón, golpeándose contra las piedras, y haciendo que ambas
cayeran en el fondo del pozo. Cuando Hans vio con sus propios ojos que se iban
al fondo, brincó de alegría, y luego se arrodilló, y con lágrimas en sus
ojos agradeció a Dios por haberle dado este favor también, y haberlo puesto en
tan buen camino, y no tuvo necesidad de reprocharse a sí mismo por nada
de lo ocurrido, ya que aquellas piedras pesadas habían sido las únicas cosas
que lo preocuparon.
-"¡No hay ningún
hombre bajo el sol tan afortunado como yo!"- grito con fuerza.
Con un corazón alivianado
y libre de toda carga, ahora él pudo correr felizmente hasta estar en casa con
su madre.
Enseñanza:
1-
Cuando de transacciones se trata, primero debe de estarse informado de los
valores relativos de las cosas, de lo contrario, se llegará a pérdidas
irreparables.
2- La ingenuidad e
inocencia, por lo general son fuente de felicidad de quien las posee.
|