071-Nieve Blanca y Rosa Roja
 
Había una vez una viuda pobre que vivía en una casita
de campo sola. Delante de la casita de campo tenía un jardín en donde había
dos rosales, uno de los cuales daba rosas blancas y el otro rosas rojas. Ella
tenía dos hijas jóvenes que se parecían a los dos rosales, y a una la llamó Nieve
Blanca, y a la otra Rosa Roja. Ellas estaban tan bien y eran tan felices, tan
ocupadas y alegres como alguna vez dos muchachas en el mundo lo fueran. Nieve
Blanca era más tranquila y gentil que Rosa Roja. Rosa Roja gustaba más correr
en los prados y campos buscando flores y cogiendo mariposas; Blanca Nieve
se sentaba en casa con su madre, y le ayudaba a ella con su trabajo de la casa,
o le leía cuando no había otra cosa para hacer.
Las dos jóvenes eran tan aferradas cada una a la otra,
que ellas siempre iban de la mano cuando salían juntas, y cuando Nieve Blanca
decía,
-"No nos abandonaremos la una a la otra,"-
Rosa Roja contestaba,
-"Nunca mientras vivamos,"-
y su madre añadía,
-"Lo que una tiene lo comparte siempre con la otra."-
Ellas a menudo corrían por el bosque solas y juntaban
bayas rojas, y ninguna bestia les hacía daño, y éstas se acercaban a ellas
confiadamente. La pequeña liebre comía hojas de col de sus manos, el corzo
pastada a su lado, el venado saltaba alegremente cerca de ellas, y las aves se
quedaban quietas sobre las ramas cantando sus trinos. Ninguna desgracia las alcanzó; si ellas se quedaban
demasiado tarde en el bosque, y la noche llegaba, ellas se arrecostaban cerca una
de la otra sobre el musgo, y dormían hasta que la mañana viniera, y su
madre sabía esto y no tenía ninguna angustia al respecto.
Una vez cuando ellas habían pasado la noche en la
foresta y el alba las había despertado, vieron a un niño hermoso con un vestido
blanco brillante sentado cerca de sus lechos. Él se levantó y miró
amablemente hacia ellas, pero no dijo nada y se marchó en el bosque. Cuando
ellas miraron alrededor, encontraron que habían estado durmiendo cerca de un
precipicio, y habrían caído seguramente en él en la oscuridad si hubieran
avanzado sólo unos pasos más adelante. Y su madre les dijo que debe haber sido
el ángel que protege a las muchachas buenas.
Nieve Blanca y Rosa Roja mantenían la
pequeña casita de campo de su madre tan ordenada que era un gran placer mirar dentro de
ella. En el verano Rosa Roja estaba al cuidado de la casa, y
cada mañana ponía una corona de flores por la cama de su madre antes de que ella
despertara, en la que había flores de ambos rosales. En el invierno Nieve
Blanca encendía el fuego y colgaba la caldera sobre el fogón. La caldera era
de
cobre y brillaba como el oro, de lo tan finamente que la pulían. Por la tarde,
cuando los copos de nieve caían, la madre decía,
-"Ve, Nieve Blanca, y échale el cerrojo a la puerta,"-
y luego ellas se sentaban
alrededor del hogar, y la madre tomaba sus gafas y leía en voz alta de un libro
grande, y las dos muchachas escuchaban atentas tranquilamente sentadas. Y
cerca de ellas había un cordero sobre el suelo, y detrás de ellas, sobre una
percha, estaba una paloma con su cabeza escondida bajo sus alas.
Una tarde, cuando ellas se sentaban así cómodamente
juntas, alguien llamó a la puerta como si deseara ser dejado entrar. La
madre dijo,
-"Rápido, Rosa Roja, abre la puerta, debe ser un
viajero que busca refugio."-
Rosa Roja se levantó, fue y empujó atrás el
cerrojo, pensando que era un hombre pobre, pero no, era un oso que estiró
su amplia cabeza negra dentro de la puerta.
Rosa Roja gritó y saltó hacia atrás, el cordero baló, la paloma revoloteó,
y Nieve Blanca se escondió detrás de la cama de su madre. Pero el
oso comenzó a hablar y dijo,
-"¡No tengan miedo, no les haré daño! Tengo
mucho frío, y sólo quiero calentarme un poco al lado de ustedes."
-"Pobre oso,"- dijo la madre, -"acércate al lado del fuego, sólo
ten cuidado de no quemar tu piel."-
Entonces ella dijo en voz alta,
-"Nieve Blanca, Rosa Roja, salgan, el oso no les hará daño, él
es bueno."-
Ambas salieron, y con el tiempo el cordero y
la paloma también se acercaron y no tuvieron miedo de él. El oso dijo,
-"Aquí, muchachas, por favor sacudánme la nieve
que tengo sobre mi piel;"-
Ellas trajeron la escoba y barrieron la nieve,
dejando al oso limpio; y él se estiró al lado del fuego y gruñó
contentamente y cómodamente.
Y ellas pasaron tranquilamente en su casa, y gastaban bromas
y jugaban con su invitado especial. Ellas tiraban de su
pelo con sus manos, ponían sus pies sobre su espalda y lo hacían rodar,
o tomaban una suave rama de avellana y lo golpeaban cariñosamente, y cuando él
gruñía ellas se reían.
Pero el oso tomó todo esto de buen modo, y sólo
cuando ellas eran demasiado ásperas él les decía,
-"Por favor, déjenme vivir, muchachas.
Nevita Blanca, Rosita Roja:
¿Golpearían ustedes a quien las ama muerto?"-
Cuando ya era la hora de acostarse, y las jóvenes se habían ido a dormir, la madre dijo
al oso,
-"Usted puede dormir allí por el hogar, y así
estará protegido
del frío y del mal tiempo."-
Tan pronto como el día llegó, las dos jóvenes le abrieron la puerta, y él
se internó a través de la nieve en el bosque.
De aquí en adelante el oso vino cada tarde a la misma hora, se posaba por el hogar, y
dejaba a las jóvenes divertirse con él tanto
como quisieran; y ellas se hicieron tan allegadas a él que las puertas nunca
fueron sujetadas hasta tanto su amigo negro no hubiera llegado.
Cuando la primavera llegó y todo el exterior era verde, el oso dijo una
mañana a Nieve Blanca,
-"Ahora debo marcharme, y no puedo volver por todo el verano."-
-"¿ Y adónde irá usted, entonces, querido
oso?"- preguntó Nieve Blanca.
-"Debo entrar en el bosque y proteger mis tesoros de los duendes malos. En el invierno, cuando la tierra
está congelada con fuerza, ellos están obligados a quedarse en sus cuevas y no pueden
trabajar a su manera; pero ahora, cuando el sol ha descongelado y calentado
la tierra, ellos salen para curiosear y robar; y lo que una
vez entra en sus manos y en sus cuevas, no vuelve a ver la luz del día otra vez
facilmente."-
Nieve Blanca se entristeció mucho de que su amigo se marchara, y cuando ella desatrancó la puerta para él, y el oso,
al ir apresurado, se prensó contra el cerrojo y un pedazo de su piel
peluda se le arrancó, y a Nieve Blanca le pareció como si hubiera visto brillar
oro por
ello, pero ella no estaba del todo segura. El oso se corrió rápidamente, y pronto
estuvo fuera de la vista detrás de los árboles.
Poco tiempo después la madre envió a sus hijas al bosque para
conseguir leña. Allí ellas encontraron un árbol grande talado
en la tierra, y cerca del tronco algo brincaba de acá para allá en la hierba,
pero no podían distinguir qué era. Cuando miraron más de cerca vieron a un
duende con una vieja cara malhumorada y una barba como de un metro de largo, y blanca
también como la nieve. El final de la barba estaba prensado en una grieta
del árbol, y el pequeño compañero brincaba de acá para allá como un perro
atado a una cuerda, y no sabía que hacer.

Él fulminó con la mirada a las muchachas con sus
ojos rojos encendidos y gritó,
-"¿Qué hacen ustedes allí de pie?, ¿No pueden venir a
ayudarme?"-
-"¿Y que hace usted allí, pequeño hombre?"-, preguntó Rosa
Roja.
-"¡Ah, ustedes gansas estúpidas, entrometidas!"-, contestó el
duende; -"Yo iba a talar el árbol para
conseguir un poco de madera para cocinar. El poco alimento que uno de
nosotros necesita es quemado directamente con troncos gruesos; no tragamos tanto
como ustedes, torpes, avaras. Yo acababa de poner la cuña sin peligro,
y todo iba como deseé; pero la desgraciada madera era demasiado lisa y de
repente saltó el trozo, y el árbol cayó tan rápidamente que yo no pude
sacar mi hermosa barba blanca; ¡ahora está tan prensada que no puedo escaparme,
y ustedes cara de leche, sudorosas, riéndose! ¡Puf! ¡qué detestables son!"-
Las muchachas intentaron con fuerza, pero no pudieron
sacar la barba, que estaba sujeta muy fuertemente.
-"Iré a buscar a alguien más,"- dijo Rosa Roja.
-"¡Usted gansa insensata!"- gruñó el duende; -"¿por qué debería
traer a alguien más?. Ustedes dos ya son demasiado para
mí; ¿no puede pensar en algo mejor?"-
-"No sea impaciente,"-
dijo Nieve Blanca, -"le ayudaré,"- y sacó sus tijeras de
su bolsillo, y cortó el final de la barba.
Tan pronto como el enano se sintió libre, se acercó a un bolso que estaba entre las raíces del árbol, y que
estaba lleno de oro, y levantándolo se quejaba diciéndose a sí mismo:
-"¡Gente grosera, cortar un pedazo de mi fina barba! ¡Que tengan mala
suerte!" y luego balanceó el bolso sobre su espalda, y se
marchó sin volver a mirar para atrás.
Algún tiempo después Nieve Blanca y Rosa Roja fueron a pescar. Cuando
llegaron cerca del arroyo vieron algo como un saltamontes grande que brincaba
en dirección al agua y retornaba. Ellas corrieron y encontraron
que era el mismo enano.
-"¿Hacia dónde va usted?"- preguntó Rosa Roja; -"¿Seguramente
que no quiere entrar en el agua?"-
-"¡No soy tan
tonto!"- gritó el enano; -"¿No ve usted que el maldito pescado quiere
llevarme?"-
El pequeño hombre había estado sentando allí tratando de pescar, y
desgraciadamente el viento había enroscado su barba con el sedal; en ese
momento un pez grande mordió el anzuelo, pero la débil criatura no tenía la fuerza
para sacar al pez; el pescado llevaba la ventaja y tiraba al enano hacia él. Él se
agarró a todas las cañas y juncos, pero no le ayudaban y fue
obligado a seguir los movimientos del pez, y estaba en peligro inminente de
ser arrastrado al torrente.
Las muchachas vinieron justo a tiempo; ellas lo
sostuvieron rápido y trataron de liberar su barba de la cuerda, pero todo era en
vano, barba y cuerda fueron enredadas rápidamente. Nada quedaba por hacer sino sacar las tijeras y cortar la barba, por lo cual un pedazo de
ella se perdió. Cuándo el enano vio aquello gritó,
-"¿Es eso civilizado?, usted hongo venenoso,
desfigurar la cara de alguien ¿No era bastante para anteriormente cortar el final de mi
barba? Ahora usted ha cortado la mejor parte de ella. No puedo dejarme ser visto
por mi gente. ¡Desearía que usted hubiera sido hecha sólo para gastar las suelas
de sus zapatos!"-
Entonces él agarró un saco de perlas que estaba entre los juncos, y sin decir una palabra más
lo alzó y
desapareció detrás de una piedra.
Resulta que otro día la madre las envió a la ciudad para comprar agujas e hilo, y cordones y cintas. El camino
las condujo a través de un brezal sobre el cual había pedazos enormes de
roca esparcidos por aquí y allá. En eso ellas notaron a una ave grande que se
ciernía en el aire, volando despacio una y otra vez alrededor de donde estaban
ellas; y el ave volaba más abajo y más abajo, y por fin se posó cerca de una roca no
muy lejos. Inmediatamente ellas oyeron un grito fuerte, lastimoso. Corrieron y vieron con
horror que el águila había agarrado a su viejo
conocido, el duende, e iba a llevárselo. Las muchachas, todas piadosas, inmediatamente
agarraron al pequeño hombre, y tiraron contra el águila
tanto rato, que por fin ella abandonó a su presa. Tan pronto como el
enano se había repuesto del impacto, gritó con su voz chillona,
-"¡Debieron haberlo hecho con más cuidado! ¡Ustedes arrastraron mi
abrigo marrón de modo que quedó todo rasgado y lleno de agujeros, ustedes criaturas
torpes, insensatas!"-
Entonces él tomó un saco lleno de gemas, y se
escabulló otra vez bajo la roca en su agujero. Las muchachas, que para estas
fechas ya se habían acostumbrado a aquel ingrato enano, continuaron su camino e hicieron su
mandado en la ciudad.
Cuando ellas cruzaban el brezal otra vez de regreso en su camino a
casa, sorprendieron al duende, que había vaciado su bolso de gemas en un
punto limpio, y no había pensado que alguien pasaría por allí tan tarde. El sol
de la tarde resplandecía sobre las piedras brillantes; y brillaban y
centelleaban
con colores tan maravillosos que ellas se quedaron quietas mirándolas.
-"¿Por qué están ahora de pie quietas allí?"-, gritó
el duende, y su cara pálida gris se puso toda roja con la rabia.
Él seguía
con sus malas palabras e insultos, cuando de pronto se oyeron unos gruñidos fuertes,
y un oso
negro vino trotando hacia ellos desde el bosque. El enano se asustó
terriblemente, y no podía ponerse a salvo en su cueva, ya que el oso le había
bloqueado la entrada. Entonces apoderado por el terror, gritó,
-"Querido Sr. Oso, sálveme, le daré
todos mis tesoros; ¡mira las hermosas joyas que están allí! Concédame la vida; ¿qué
disfrutaría usted con un pequeño
compañero tan delgado como yo? al morderme usted no me sentiría entre sus dientes. Venga,
tome a estas dos feas muchachas, ellas son bocados muy gratos para usted,
tienen grasa
como codornices jóvenes; ¡por piedad, cómelas a ellas!"-
El oso
no puso atención a sus palabras, y golpeando a la mala criatura con su pata, el
duende fue a golpearse su cabeza contra una roca y no se movió nunca más.
Las muchachas habían corrido asustadas, pero el oso las llamó:
-"Nieve Blanca, Rosa Roja, no tengan miedo; esperen, iré con ustedes."-
Entonces ellas reconocieron su voz y lo esperaron, y cuando él las alcanzó,
de repente su piel cayó, y apareció de pie allí, un hermoso joven, vestido
con trajes de oro.
-"Soy el hijo de un Rey,"- dijo él, -"y fui
encantado por aquel malo duende que había robado mis tesoros; he tenido que
correr todo el bosque como un oso salvaje hasta que fui liberado por su
muerte. Ahora él recibió su propio castigo bien merecido."-
Nieve Blanca se casó con el príncipe, y Rosa Roja con el hermano de él, y
entre ellos dividieron el gran tesoro que el duende había recogido en su cueva. La señora madre vivió pacífica y felizmente
con sus hijas durante muchos años más. Ella cuidó los dos rosales con mucho
cariño y los mantuvo al frente de su ventana, y continuamente le brindaban las rosas más
hermosas, blancas y rojas.
Enseñanza:
El buen trato siempre da
buenos frutos.
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