077-El espíritu en la botella 
Había una vez un pobre leñador que trabajaba duro a partir de la primera hora
de la mañana hasta la última hora de la tarde. Cuando por fin él había
ahorrado un poco de dinero, dijo a su muchacho,
-"Eres mi único hijo, gastaré el dinero que he
ganado con el sudor de mi frente en tu educación; y si aprendes un poco
de comercio honesto podrás apoyarme en mi vejez, cuando mis miembros se hayan
puesto tiesos y me sienta obligado a quedarme en casa."-
Entonces el muchacho fue a una Escuela Secundaria
y aprendió diligentemente de modo que sus maestros lo elogiaran, y permaneció
allí mucho tiempo. Cuando ya había hecho dos cursos, pero no era todavía
todavía perfecto en todo, el pequeño ahorro que el padre había ganado
se había gastado, y el muchacho tuvo que regresar a casa.
-"Ah,"- dijo el padre, dolorosamente, -"no
puedo darte más, y en estos tiempos duros no puedo ganar más que lo necesario
para nuestro pan diario."-
-"Querido padre,"- contestó el hijo, -"no
se preocupe por ello, si esto es la voluntad de Dios, todo estará a mi favor y
yo me acostumbraré pronto a esta situación."-
Cuando el padre quiso ir al bosque para ayudarse a
ganar dinero amontonanado, apilando y cortando madera, el hijo dijo,
-"Iré con usted y le ayudaré."-
-"No, mi hijo,"- dijo el padre, -"eso es
difícil para tí ya que no estás acostumbrado al trabajo áspero, y te sería
muy duro aguantarlo; además tengo sólo una hacha y ningún dinero con el cual
comprar otra."-
-"Sólo ve donde el vecino,"- contestó el
hijo, -"le pides prestada su hacha hasta que yo haya ganado una para mí."-
El padre entonces tomó prestada el hacha del vecino, y
a la siguiente mañana, al amanecer, ambos salieron juntos hacia el bosque.
El hijo ayudó a su padre y estuvo completamente alegre
y enérgico en su trabajo. Pero al llegar el medio día, el padre dijo,
-"Descansemos, y tengamos nuestra comida, y luego
trabajaremos de nuevo otra vez."-
El hijo tomó su pan en sus manos, y dijo,
-"Sólo descanse usted, padre, yo no estoy
cansado; andaré de arriba abajo un poco en el bosque, y buscaré nidos de
aves.
-"Ah, ¿bromeas acaso?,"- dijo el padre, -"¿para qué vas a
querer andar buscando aves por allí? Después te vas a sentir cansado, y
ya no serás capaz de levantar tu brazo; quédate aquí, y siéntese a mi lado."-
El hijo, sin embargo, entró al bosque, comió su pan, y caminando muy
contento miró
detenidamente entre las ramas verdes para ver si podría descubrir nidos de aves en
diversas partes. Así que fue de arriba abajo esperando encontrar algún nido de
ave, hasta que por fin llegó a un
gran roble de apariencia peligrosa, que ciertamente tenía ya muchos cientos de años,
y que cinco hombres no podrían haber talado.
Él se estuvo quieto y lo miró, y pensó,
-"Muchas
aves deben haber construido su nido aquí."-
De repente le
pareció oír una voz. Él escuchó con atención y se dio cuenta que alguien
gritaba con una voz muy sofocada,
-"¡Déjenme salir, déjenme salir!"-
Él miró
alrededor, pero no podía descubrir nada; sin embargo, se imaginó que la
voz salía de la tierra. Entonces gritó, -
-"¿Dónde estás?"-
La
voz contestó,
-"Estoy aquí abajo entre las raíces del roble. ¡Déjenme salir,
déjenme salir!"-
El joven comenzó a soltar la tierra bajo el árbol, y a buscar
entre las raíces, hasta que por fin encontró una botella de cristal en un
pequeño hueco. La levantó y la sostuvo contra la luz, y vio a una
criatura formada como una rana, que saltaba de arriba abajo dentro de ella.
-"¡Déjenme salir, déjenme salir!"- gritaba de nuevo, y el joven,
sin pensar en ningún mal, quitó el corcho de la botella.
Inmediatamente un espíritu salió de ella, y comenzó
a crecer, y creció tan rápido que en muy pocos momentos estuvo de pie ante el
joven, un terrible compañero tan grande como la mitad del árbol junto al cual él
se encontraba.
-"¿Sabes tú,"- gritó con una voz
horrible, -"qué es lo que recibirás por haberme soltado?"-
-"No,"- contestó el muchacho sin temores, -"¿cómo debería yo
saber eso?"-
-"Entonces yo te lo diré,"- gritó el espíritu;
"debo estrangularte por ello."-
-"Debiste haberme dicho eso antes,"- dijo el muchacho, -"ya que
entonces debería haberte
dejado encerrado, pero mi cabeza estará firme para todo lo que piensas hacer; y
hay que consultar a más personas sobre esto."-
-"¡Más
personas aquí, más personas allá!"- dijo el espíritu.
-"Tendrás el merecido que has ganado. Piensas que fui encerrado allí
como un favor. No, esto era un castigo para mí. Soy el fuerte Mercurio.
Quienquiera que me liberara, deberé estrangularlo."-

-"Suave,"-
contestó el joven, -"no tan rápido. Debo saber primero que tú
realmente cabías en aquella pequeña botella, y que por lo tanto eres el
espíritu que dices ser. Si, en efecto, puedes ahí entrar otra vez, te creeré y luego
podrás hace conmigo lo que dispongas."-
El espíritu dijo
arrogantemente,
-"Eso es una hazaña muy insignificante,"-
y empezó a encogerse,
y se hizo tan pequeño y delgado como había sido al principio, de modo que se
arrastró por la misma apertura, y directamente por el cuello de la
botella ingresó en ella otra vez. Apenas estuvo adentro, el joven empujó el corcho
que había retirado de la botella, y la lanzó entre las raíces del roble
en su antiguo lugar, y así el espíritu fue engañado y apresado.
Y ahora el hijo estaba a punto de volver con su
padre, cuando el espíritu gritó muy lastimosamente,
-"¡Ay, déjame salir! ¡Ay, déjame salir!"-
-"¡No!,"- contestó el joven, -"¡no una segunda vez! Quien ha tratado una vez de tomar mi vida no
será puesto en libertad por mí, ahora que lo he agarrado otra vez."-
-"Si decides ponerme en libertad,"- dijo el espíritu, -"te daré
tanto que tendrás abundancia todos
los días de tu vida."-
-"No,"- contestó el muchacho, -"me engañarás como hiciste la primera vez."-
-"Estás desperdiciando la buena suerte que te puedo dar,"- dijo el espíritu;
-"no te haré daño, más bien te recompensaré lujosamente."-
El muchacho pensó,
-"Me arriesgaré, quizás él guardará su palabra, y de
todos modos no podrá obtener lo mejor de mí."-
Entonces quitó el corcho, y el espíritu se elevó
de la botella como lo había hecho antes, se estiró y se hizo tan
grande como un gigante.
-"Ahora te daré la recompensa,"- dijo él,
y dio al joven un pequeño bolso como un yeso, y
dijo,
-"Si frotas un lado de él sobre una herida, ella sanará,
y si frotas el otro lado sobre acero o hierro, se transformará
plata."-
-"Voy a probarlo," dijo el joven,
y fue a un
árbol, arrancó la corteza con su hacha, y lo frotó con un lado del yeso.
Inmediatamente la corteza se cerró y el árbol quedó curado.
-"Ahora sí, está correcto,"-
dijo al espíritu, -"ya podemos separarnos."-
El espíritu le
agradeció por su liberación, y el muchacho agradeció al espíritu por su
presente, y volvió donde su padre.
"¿Dónde has estado caminando?" dijo el padre; -"¿Por qué
has olvidado tu trabajo? Bien te dije que nunca conseguirías nada."-
-"Calma,
padre, yo lo arreglaré."-
-"Pues arréglalo en efecto,"- dijo el padre enojado, -"no hay
ningún truco en esto."-
-"Pierde cuidado, padre, talaré pronto aquel árbol que está allá, y
en seguida lo dejaré en trozos."-
Entonces él tomó su yeso, frotó el hacha con él, y dio un golpe fuerte,
pero como el hierro se había cambiado la plata, el metal se dobló;
-"Hey padre, sólo mire que hacha más mala me ha dado, se ha torcido
completamente."-
El padre quedó impresionado y dijo,
-"Ah, pero ¿qué has hecho? ahora yo tendré que pagar por ella, y no
tengo los medios, ni de donde sacarlos con el trabajo que has realizado."
-"Tenga calma,"- le dijo el hijo, -"pagaré pronto por el hacha."- -"Ay,
ingenuo,"- gritó el padre, -"¿con qué medios pagarás por ella?, no
tienes más que lo que te he dado. Esas son cosas que se te han metido en la
cabeza como estudiante, pero no tienes idea del trabajo de leñador."- Al
rato el joven dijo: -"Padre, en verdad no puedo trabajar más, tomemos
una vacación."- -"¡Hey!¿Qué?"-, contestó el padre,
-"¿Sueñas que me sentaré aquí con mis manos en el regazo? Yo seguiré
trabajando, y tú puedes irte a casa cuando gustes."- -"Padre, es la
primera vez que he venido a esta foresta y no conozco el camino de regreso. Por
favor venga conmigo."- En cuanto ya le pasó el enojo, el padre al fin
accedió a acompañarlo a casa. Entonces le dijo al hijo: -"Ve y vende
esa hacha dañada a ver cuánto te dan por ella, y yo trabajaré para obtener la
diferencia y así pagarle a nuestro vecino."- El hijo tomó el hacha y
fue a la ciudad donde un orfebre, quien pesándola la valoró y dijo: -"Ella
vale cuatrocientos duros, pero en estos momentos no tengo esa cantidad."-
El hijo dijo,
-"Déme lo que tenga, luego me paga el resto."-
El orfebre le dio trescientos duros, y quedó debiéndole cien. El hijo con eso se fue a casa y dijo,
-"Padre, tengo el dinero, vaya y pregunte al vecino cuánto quiere por el hacha."-
-"Ya tengo el monto,"- contestó el anciano, -"un duro y seis
décimos."-
-"Entonces déle tres duros y dos décimos, que es el doble y suficiente;
como puede ver, tengo dinero en abundancia."-
y le dio al padre cien duros, y
dijo,
-"Nunca le faltará vivir tan cómodamente como usted quiera."-
-"¡Cielos!"- dijo el padre, -"¿Cómo has adquirido tanta riqueza?"-
El hijo entonces le contó todo lo que había sucedido, y cómo, confiando en su suerte, había hecho un golpe tan
bueno. Y con el dinero que obtuvo, él joven volvió a la Escuela Secundaria y
continuó aprendiendo más, y como él podría curar todas las heridas con su
yeso, se hizo el doctor más famoso en el mundo entero.
Enseñanza:
Muchas veces queriendo
obtener grandes ganancias, se corren riesgos muy peligrosos. Si se decide correr
el riesgo, no hay que lamentarse si se fracasa.

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