125  CUENTOS  DE  HADAS  DE  LOS  HERMANOS  GRIMM  EN  ESPAÑOL
Violencia y crueldad originales han quedado eliminadas o disminuidas al mínimo posible. Aptos para todo público.

Esopo
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Jacob Grimm

Coleccionados por 
Jacob y Whilhelm Grimm

Wilhelm Grimm

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CUENTOS DE GRIMM



104-La Niña de Nuestra Dama  

Con grandes dificultades, en un gran bosque vivía un leñador con su esposa, quienes tenían una sola hija, una niña de tres años de edad. Eran tan pobres, sin embargo, que ya no tenían pan para cada día, y no sabía cómo conseguir la comida para ella. Una mañana, el leñador salió triste a su trabajo en el bosque, y mientras estaba cortando madera, de repente se puso delante de él una mujer alta y hermosa, con una corona de brillantes estrellas sobre su cabeza, que le dijo: 

-"Yo soy la Virgen María, madre del niño Jesús. Tú eres pobre y necesitado, tráeme a tu hija, la llevaré conmigo y seré su madre, y cuidaré de ella."-

El leñador obedeció, trajo a su hija, y se la dio a la Virgen María, quien la llevó al cielo con ella. Allí, a la niña le iba bien, comía tortas de azúcar, y bebía leche dulce, y sus vestidos eran de oro, y los angelitos jugaban con ella. Y cuando ella tuvo catorce años de edad, la Virgen María la llamó un día y le dijo:

-"Hija mía, estoy a punto de hacer un largo viaje, toma bajo tu cuidado las llaves de las trece puertas del cielo. Doce de ellas las puedes abrir y disfrutar la gloria que está dentro de ellas, pero la décimotercera, a la que pertenece esta pequeña llave, se te ha prohibido. Ten cuidado con su apertura, o llevarás la miseria a ti misma."-

La niña se comprometió a ser obediente, y cuando la Virgen María se había ido, empezó a examinar las viviendas del reino de los cielos. Cada día abrió uno de ellos, hasta que ya había hecho la ronda de las doce. En cada una de ellas se sentaba uno de los apóstoles en medio de una gran luz, y se regocijó en toda la magnificencia y esplendor, y los angelitos que siempre la acompañaban se regocijaban con ella.Entonces solo quedó la puerta prohibida, y ella sintió un gran deseo de saber lo que podría estar oculto detrás de ella, y dijo a los ángeles: 

-"Yo no la abriré mucho, y no voy a entrar en su interior, pero la voy a abrir un poquito para que sólo podemos ver un poco a través de la apertura."-

-"¡Oh no!"- dijeron los angelitos.-"Eso sería un pecado. La Virgen María lo ha prohibido y eso fácilmente podría causar tu infelicidad."-

Entonces ella se quedó en silencio, pero el deseo en su corazón no estaba calmado, y la mordía y la atormentaba, y no la dejaba tener descanso. Y una vez que todos los ángeles se fueron, pensó:

-"Ahora estoy completamente sola, y podría espiar algo.  Si lo hago, nadie lo sabrá nunca."- 

Ella buscó la llave, y cuando la tuvo en la mano, la puso en la cerradura, y la giró. Entonces la puerta se abrió, y vio allí a la Trinidad sentada en el fuego y en el esplendor. Se quedó allí un rato, y miró a todo con asombro, luego tocó la luz un poco con el dedo y el dedo se volvió de oro. Inmediatamente un gran temor cayó sobre ella. Cerró la puerta con violencia, y corrió. Su terror no desaparecía, no sabia lo que hacía, su corazón latía constantemente y su dedo continuaba dorado, y no se aclaraba, aunque lo lavaba y lo frotaba con rigor . 

No pasó mucho tiempo antes de que la Virgen María regresara de su viaje.

Y llamó a la chica ante ella, pidiéndole las llaves del cielo de nuevo. Cuando la doncella le dio el llavero, la Virgen la miró a los ojos y le dijo: 

-"¿No has abierto la décimotercera puerta también?"-

- "No," respondió ella. 

Luego puso su mano en el corazón de la niña, y sintió cómo latía y latía, y vio muy bien que había desobedecido a su orden y que había abierto la puerta. Luego dijo una vez más,

-"¿Estás segura de que no lo has hecho?"-

-"Sí"-, dijo la niña por segunda vez."-

Luego notó el dedo que se había convertido en oro al tocar el fuego del cielo, y vio también que la niña había pecado, y preguntó por tercera vez:

-"¿No lo has hecho?"-

-"No señora"- dijo la niña por tercera vez.

Luego dijo la Virgen María:

-"Tú no me has obedecido, y además que has mentido, tú ya no eres digna de estar en el cielo."-

Entonces la niña cayó en un profundo sueño, y cuando despertó, estaba abajo en la tierra, en medio de un lugar solitario. Quería gritar, pero no pudo producir sonido alguno.

Se levantó y quiso huir, pero para donde quiera que ella se moviera, se encontraba continuamente de nuevo rodeada por setos de espinas a los que no podía atravezar. En aquella soledad, en la que fue encarcelada, se encontraba un viejo árbol hueco, y este tendría que ser su morada.

Allí se deslizaba al llegar la noche, y allí dormía. Allí también encontraba refugio de la tormenta y de la lluvia, pero era una vida miserable, y la hizo llorar amargamente cuando recordó lo feliz que había estado en el cielo, y cómo los ángeles habían jugado con ella.

Raíces y frutos silvestres eran su único alimento, y por estas buscaba lo más lejos que podía ir. En el otoño recogió las nueces y las hojas caídas, y las llevó al agujero. Las nueces eran su alimento en invierno, y cuando la nieve y el hielo llegaban, ella se deslizaba entre las hojas como un pobre animalito para no congelarse. En poco tiempo su ropa estaba casi desgarrada toda, y poco a poco se le desprendían pedacitos. Tan pronto, sin embargo, como el sol brillaba caliente otra vez, salió y se sentó delante del árbol, y su larga cabellera la cubría por todas partes como un manto. Así, ella se sentó año tras año, y sintió el dolor y la miseria del mundo. 

Un día, cuando los árboles estaban una vez más vestidos de verde fresco, el rey de aquel país se encontraba cazando en el bosque, y siguió a un corzo, que había huido a la espesura que cerró esa parte del bosque, y se bajó de su caballo, derribó arbustos, y se hizo camino con su espada.

Cuando por fin se abrió paso, vio a una doncella maravillosamente hermosa bajo el árbol, y ella se sentó y se cubrió completamente con sus cabellos de oro hasta sus pies. Él se detuvo y la miró lleno de sorpresa, y luego le habló y le dijo: 

-"¿Quién eres tú? ¿Por qué estás sentada aquí en esta soledad?"-

Pero ella no dio ninguna respuesta, porque no podía abrir la boca. El Rey continuó,

-"¿Quieres venir conmigo a mi castillo?"-

Entonces ella se limitó a asentir con la cabeza un poco. El Rey la tomó en sus brazos, la llevó a su caballo y regresó a casa con ella, y cuando llegó al castillo real la llevó a ser vestida con ropa hermosa, y le dio de todas las cosas en abundancia. A pesar de que no podía hablar, estaba todavía tan hermosa y encantadora que empezó a amarla con todo su corazón, y no pasó mucho tiempo antes de que él se casara con ella.

Después de que había pasado un año , la Reina trajo un hijo al mundo. Entonces la Virgen María se le apareció en la noche, cuando yacía en su cama, sola, y le dijo: 

-"Si quieres decir la verdad y confesar que abriste la puerta prohibida, abriré tu boca, y te daremos de nuevo tu voz, pero si tú perseveras en tu pecado, y lo sigues negando con obstinación, me llevaré a tu hijo recién nacido conmigo."-

Entonces a la reina se le permitió responder, pero ella seguía siendo negativa y dijo:

-"No, no he abierto la puerta prohibida"-

y entonces la Virgen María llevó al niño recién nacido en sus brazos y desapareció con él. 

A la mañana siguiente, como el niño no se encontraba, se murmuraba en el pueblo que la Reina era una devoradora de hombres, y había matado a su propio hijo. Ella escuchó todo esto y no podía decir nada en contra, pero el rey no lo creería, porque la amaba tanto. 

Cuando había pasado otro año, la Reina de nuevo dio a luz otro hijo, y en la noche la Virgen María, vino otra vez donde ella y le dijo:

-"Si quieres confesar que tú abriste la puerta prohibida, te daré tu hijo de regreso, y desataré tu lengua; pero si continúas en el pecado y sigues negándolo, me llevaré conmigo a este nuevo niño también."-

-"No, no he abierto la puerta prohibida"-, y la Virgen se llevó al niño en sus brazos al cielo.

A la mañana siguiente, cuando se notó que el niño también había desaparecido, la gente declaró en voz muy alta que la Reina lo había devorado, y los consejeros del rey exigieron  que debía ser llevada ante la justicia. El rey, sin embargo, la amaba tanto que no lo creía, y ordenó a los consejeros, bajo pena de muerte no decir nada más al respecto. 

Al año siguiente, la Reina dio a luz a una hija pequeña y hermosa, y por tercera vez la Virgen María se le apareció en la noche y le dijo:

-"Sigueme"-

Ella tomó a la reina de la mano y la llevó al cielo, y le mostró a sus dos hijos mayores, quienes le sonreían, y estaban jugando con la bola del mundo. Cuando la Reina se regocijó al verlos, la Virgen María dijo: 

-"¿Y no se ha ablandado aún tu corazón? Si quieres confesar que abriste la puerta prohibida, te devolveré a tus dos hijos pequeños."-

Pero por tercera vez la Reina respondió:

-"No, no he abierto la puerta prohibida."-

A continuación, la Virgen la dejó hundirse en la tierra una vez más, y se llevó a su nueva hija también. 

A la mañana siguiente, cuando la pérdida fue reportada en el país, todo el pueblo gritò en voz alta:

-"La Reina es una devoradora de hombres. Ella debe ser juzgada."- 

y el Rey ya no era capaz de contener a sus consejeros.

Acto seguido se llevó a cabo un juicio, y como ella no podía responder y defenderse a sí misma, fue condenada a ser quemada viva.  Amontonaron la leña, y cuando estaba atada a la estaca, y el fuego comenzó a arder alrededor de ella, el duro hielo del orgullo se derritió, y su corazón fue conmovido por el arrepentimiento y pensó:

-"Si yo pudiera confesar antes de mi muerte que sí abrí la puerta."-

Entonces su voz volvió a ella, y gritó en voz alta: 

-"¡Sí, María, yo lo hice!"-, 

y una fuerte lluvia cayó desde el cielo y extinguió las llamas del fuego, y una luz brotó por encima de ella, y la Virgen María descendió con los dos hijos pequeños a su lado, y la hija recién nacida en sus brazos. Ella habló con benevolencia, y le dijo: 

-"El que se arrepiente de su pecado y lo reconoce, se le perdona."-

Entonces ella le dio los tres niños, desató su lengua, y le concedió la felicidad de toda su vida. 

Enseñanza:

Siempre debemos reconocer con humildad y honestidad nuestras equivocaciones.

 

 

 

 
 


 

  

 

 

 

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